Monólogo de capitán
31 mayo, 2010
La noche está más fría que nunca y como en cada anochecer en alta mar me siento al pie del mástil a descansar. Hoy la luna está colmada y todo parece reflejarse en ella. Miro a lo lejos y mi mirada se pierde en la inmensidad. Mi cabeza va a explotar, no puedo dejar de pensar en lo infeliz que hago a mi mujer y mi hijo. Aunque es inútil, nada puedo cambiar aquí, pero la negra oscuridad puede tener las respuestas a tantos problemas que en la tierra me condenan. Mis sentimientos son ambiguos. Sé que parezco de acero, nunca nadie ha visto brotar ni una sola lágrima de mis ojos. Ni la muerte me puede. Pero aquí, con mi conciencia, la cosa es diferente. Totalmente diferente. Aquí dentro todo es tempestad, aquí está el agua que nadie me ve derramar.
El barco sigue su curso, y las olas golpean a estribor. El silencio me repugna y la culpa me carcome. Deseo arrojarme al mar y salir de esta pena que me apresa. Qué difícil es escapar de una prisión sin rejas. Se que puedo detener el buque y volver sobre mi ruta, mi prestigio me permite, aunque nadie lo entendería. Pero la luna hoy es llena y según la leyenda del Pacífico, volver en esta fase sería como anclar en el infierno. Debo seguir, aunque aquí dentro todo esté de cabeza y derrumbado. Aún busco la forma de equilibrar, pero esta catarata de afligidos y horrendos pensamientos divagando por la noche, no me dejan en paz.
De los huesos para afuera soy intachable, rústico, inquebrantable, más todos saben que soy imposible de domar. Pero en mis adentros soy un cobarde de mil huidas, un enfermo entregador de ilusiones que dibuja al óleo sus promesas, sin arriesgar un solo gramo de su honor. Debo arreglar este lío y morir.
Mi mirada sigue en la bruma, creo hasta el alba se quedará. No soporto más estos tormentos, hoy decido ser un alma perdida del mar.
Marcelo Moreira